Cuando
la figura se recortó por segunda vez
sobre la puerta de dos hojas de la cocina,
Germán se levantó pausadamente
del pringoso banquito de madera situado al
lado del fogón y sin decir palabra
alguna, se quedó parado a espaldas
de Francisco, que en ese momento pegaba el
grito de ¡Falta envido! y se quedaba
atento a los gestos de sus contrarios, mientras
su compañero sonreía. El truco
los convocaba antes del churrasco que se desgrasaba
frente al fuego y los cinco amigos, todos
ellos gente de campo, vecinos de la zona de
Santa Elena, compartían la fraternal
estancia en el puesto de Marcial Puebla.
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