-¡
Escuchá...escuchá! En estos momentos se está
muriendo, es impresionante ¿ No te parece?
Bárbara sintió una opresión en el pecho,
es cierto, podía sentir en las notas la última
respiración de Isolda. Miró a Federico, su cara
arrugada expresaba toda la emoción que le producía
la música, sus ojos celestes brillaban, mientras apretaba
en su mano la moneda romana, nunca se separaba de ella, según
él, era su amuleto. Las notas de “ Tristán
e Isolda” se expandían moribundas por cada rincón
de la cabaña. ¡ Por fin terminó! Sintió
deseos de llorar, este hombre tenía el poder de hacerla
viajar por sus aventuras, su música, tenía que
irse, refugiarse en su hogar, era la hora que Julio regresaba
de la escuela, extenuado por su doble turno de maestro. Se despidieron,
pronto se encontrarían. Federico había aparecido
en sus vidas de la única manera posible, omnipresente.
|