Lloraba. Su estómago
no paraba de quejarse. Pina tenía hambre. La única
ración de comida se había quemado mientras la
recalentaba. Tendría que esperar al otro día.
Lloraba. Se enroscó sobre la almohada otra vez. Quiso
seguir soñando.
Había sido un día agotador. Muy temprano caminó
los cuatro kilómetros desde su casa al hospital. Llegó
justo a horario. Tenía turno a las ocho con el médico.
No fue tan simple como esperaba. Un cambio de último
momento impidió que le hagan la ecografía. No
entendió si el médico estaba enfermo o el aparato
estaba roto. Tampoco supo, ni pudo; ni quiso preguntar.
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