Recuerdo que
me sorprendió su llamado. No nos veíamos desde
aquella tarde infausta, hace varios años. Llegué
a la costanera en pocos minutos. Caminé hasta el monumento
como me había indicado y miré hacia la playa casi
vacía. Allí estaba, junto al agua, con el cuello
de la campera subido tapándole la boca. Corría
un viento helado. Me acerqué casi a la carrera. Ella
tenía el rostro pálido, los ojos húmedos,
brillantes.
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