Apago
el motor y el paisaje me devuelve al instante
toda la intensidad de su silencio. Un silencio
sideral, profundo, extendido. Me bajo enseguida
y salgo a caminar por el sendero aleatorio
que voy abriendo a mi paso mientras avanzo
entre las matas.
Unos
silbidos cercanos se acallan de pronto ante
el ruido provocado por mi presencia. Me detengo
por un momento. Respiro hondo. El perfume
agreste me ha invadido las fosas nasales;
es una fragancia oleosa que emana de las jarillas
y se entremezcla con dejos de tomillo.
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