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Por Enrique Jorge Martínez Llenas |
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Debo
comenzar aclarando que mi mente es la de un
investigador, calculadora y fría, tanto
como el objeto de mis estudios, el agua y
sus cambiantes estados. Por eso siempre hasta
el día de hoy me he resistido a creer
que pudieran haber sucedido los hechos que
voy a relatar a continuación, pues
contradicen en forma abierta y notoria las
leyes de la física, la más elemental
razón y la palmaria evidencia de nuestros
sentidos.
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Por Enrique Jorge Martínez Llenas |
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Gumersindo
Mansilla podía ser definido por tres
cosas. Una, sus características físicas:
bajo, moreno, de rasgos aindiados y de mediana
edad; dos, su afición: cazador inveterado
y dueño de una casi sobrenatural y
ya legendaria puntería; y tres, sus
gustos: una obsesiva predilección por
la carne de guanaco, preparada de la forma
que fuese: asada, en guiso o en milanesas.
Llegaba a pasarse días en los montes
aguardando la aparición de éstos
animales para, siguiéndoles la pista
sin descanso, detectar la mejor presa y abatirla
de un único y certero disparo de su
fusil, un viejo Máuser de 1930 con
mira telescópica.
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Por Enrique Jorge Martínez Llenas |
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El sol, nuevamente herido
de muerte, se ocultaba avergonzado bajo el horizonte, tiñendo
de rojo el cielo con su sangre. No muy lejos la luna, todavía
pálida y desdibujada, comenzaba su periplo habitual,
acompañada por un viento brusco, seco y arrogante, que
hacía crujir las coyunturas de la vieja casa de madera
dentro de la cual ella, sentada en la penumbra del ocaso, miraba
sin ver la botella de ginebra que descansaba sobre la rayada
y vetusta mesa de madera del comedor.
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EL
VIENTO, EL MALDITO VIENTO |
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Por Enrique Jorge Martínez Llenas |
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Primavera tras primavera…
viento.
Verano tras verano… también viento. Pero peor,
con tierra; tierra que se pega al cuerpo y forma una capa áspera
sobre la piel, y hace que los dientes chirríen al mascar
la impotencia de detenerlo a él, a ese maldito viento
que sopla y sopla tanto de día como de noche, haciendo
salir de sus guaridas a las tímidas flautas que viven
ocultas en las rendijas de las puertas y las ventanas, para
entonar sus disonantes melodías y no permitirme dormir
en paz.
Viento. Compañero inseparable de mi castigado cuerpo
de enganchador de boca de pozo desde hace…¿cuántos
años? Hoy ya ni lo recuerdo, no tengo por qué
ni para qué. Estoy solo, viejo, jubilado; todavía
no muerto, pero casi. Perduro, porque otra cosa no me atrevo
a hacer. Soy cobarde.
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