-¿Qué
hacés ahí? -me escucho preguntar. No me contesta
y vuelvo a intentarlo:
-¡Eh!, ¿qué hacés ahí arriba?
Me mira con ese rostro angelical que pone
solamente cuando quiere enternecer.
-Bajate, podés caerte -insisto.
La estoy mirando desde la puerta. ¿Qué puerta?
Nada la sostiene, parece en el aire; sin embargo
estoy segura de estar apoyada en el marco
derecho de una amplia abertura.
A
Marianita la conozco bien.No tiene más de
cuatro años y una dulzura peculiar;
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