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Olegario
era un buen hachador, picaba leña con un ritmo casi
mecánico.
Esa mañana era muy fría y lluviosa para trabajar
expuesto a la intemperie.
El patrón, luego de observarlo un momento, consideró
oportuno ofrecerle una tarea más cómoda.
–Olegario –le dijo–, vení al galpón a clasificar
papas.
–Sí, señor –contestó Olegario, y lo siguió.
–Mirá qué fácil es esto: las papas grandes las embolsás
para el consumo, las medianas para la venta, las
de tamaño del huevo de gallina para semilla y las
chiquitas, las cortadas y las podridas las ponés
en aquel cajón grande, para los chanchos.
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