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Habían
caminado todo el día. No recordaban cuándo el
sol iluminó la tierra. Sí, veían, cómo
estaba por dejarla.
Sentían los pies cansados, hinchados, la boca hacía
sentir su sequedad, pegando la lengua sobre el paladar. Y las
encías clamaban por algo líquido. Ya la sed había
tapado el hambre que era ya tanta que ni las tripas protestaban.
Un hombre y un niño seguían la marcha al ritmo
de la caravana para no quedar solos, aislados, que era la última
etapa de este castigo. El último abandono de la raza
humana. Unas veces se tomaban de la mano, otras caminaban juntos,
siempre uno al lado del otro. La tierra era dura, más
bien agrietada y con un follaje escaso que tímidamente
aparecía sobre el suelo.
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Vi a los más
viejos de la aldea sentados junto al fuego que estaba a punto
de extinguirse. Frente a ellos, una anciana conocida como la
más sabia, hablaba pausadamente. Escuché mi nombre
entre algunos otros y no imaginé, hasta varios días
después, por qué me nombraba. Con un gesto invitó
a los presentes a una plegaria y, desde entonces, un murmullo
invadió la reunión.
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No podía apartar
de sus pensamientos a la pequeña Behjat. Se la habían
arrebatado, sin piedad, mientras participaba de un acto público
bregando por los acuciantes derechos de las mujeres de su tierra.
Entre latigazos y abusos verbales, los opresores fueron separando
a las manifestantes y las azotaron con devastadora crueldad.
A Shaida le partieron un palo en los tobillos y la sometieron
a la invalidez. Con su pie derecho quebrado en cien pedazos
y el dolor encarnizado en el alma, se arrastró hasta
la vereda de esa calle, testigo diario de lágrimas y
sangre.
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