Era
ya el mediodía cuando el jinete emergió del
cañadón, cruzó al paso por entre la masa despedazada
de un bermejo peñascal, repechó lentamente
un sendero empinado en mansa cuesta y un momento
después se detuvo frente a un rancho enriscado
en el flanco de la colina. La “población”
destacaba la mancha gris de su rechoncha geometría
de paredes de adobe crudo, asentada sobre
un zócalo de grandes pedruscos y techado de
ramas argamasadas con barro, mientras a sus
espaldas se asomaban dos o tres álamos pelados
esforzándose inútilmente en cubrirla con sus
sombras delgadas. Negros fantasmas surgidos
de una rústica chimenea borroneaban, despaciosos,
la quieta atmósfera.
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