Las
lámparas de querosene aplicadas estratégicamente
en las paredes del bar del hotel, ya iluminaban
su interior. Velas esparcidas en las mesas
sumaban su tembloroso brillo a la ambarina
e intimista atmósfera. La concurrencia vestía
con elegancia, especialmente las damas, y
tenía buenos modales. Incluso los parroquianos
acodados en el mostrador. Uno de éstos señaló
la vidriera norte. A través de ella se podía
advertir, perfilándose en la crepuscular claridad
exterior, el arribo de tres jinetes que, reconociendo
el frente del hotel, detenían sus cabalgaduras.
Uno de ellos era mujer.
Los hombres se apearon con gimnástica agilidad
y el más alto, galantemente, ayudó a su compañera
descender de la montura mujeriega.
“Nuevos huéspedes”, dijo quien atendía el
bar y por su señorío trasuntaba su condición
de dueño. En efecto, el trío se dirigía hacia
la puerta. Una actitud expectante se apoderó
de todos.
La entrada del grupo no defraudó tanta atención.
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