Las
había comprado en Liverpool el día antes de
embarcarse para la Patagonia. La Colonia del
Chubut sería su ocasión de ejercer el postergado
oficio de sastre y quería hacerlo con una
herramienta nueva. Por eso había recorrido
ávido todos los comercios de la ciudad hasta
dar con el modelo y la marca que siempre quiso.
Esa
primera noche, en la hostería, guardó las
tijeras bajo la almohada. Y se durmió mientras
imaginaba el seguro siseo avanzado en las
telas por las rayas de tiza.
El
viaje duró dos meses. Dos lentos meses de
1865. A bordo, nadie sabía mayores cosas sobre
la tierra de destino. Era, simplemente, un
mañana distinto, un legendario horizonte americano.
|