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¿Cómo
olvidarme de Xiara?... Sería
como quedar atrapado eternamente, en la cima
del magno Aconcagüa. Pero
sería una utopía.
Utopía de aquellos que aún resisten a creer
en el olvido. Imposible abstraerse ante ella.
Su sola presencia todo lo invade y todo lo
torna supremo.
Es
como si una ráfaga de aire fresco, mezcla
de pino y hierba fresca, te insuflara los
pulmones, te despertara el alma, te convirtiera
en alguien mejor, y a la vez, otra ráfaga
de calor intenso, denso, te lleva a desearla
más que a nada en el Universo. A desear su
infierno, si existiera un infierno, o más
de uno, según el Gran Dante.
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Lolla era y
es aún la novia de Massenio Loppi, un joven
apuesto, bonceado y deportista, rebosante
de salud y alegría; quien, sin embargo,
desde hace un tiempo, se ha convertido en
un espejismo. Adiós entonces a toda esperanza
de encuentros amorosos, de diálogos apacibles,
de tête-à-têtes bajo el claro de
luna: incluso si lo persiguiese en un jeep
por el desierto que comienza detrás de la
casa, Massenio se escaparía hacia las montañas;
y si intentase alcanzarlo en barco por el
mar que se extiende frente a la casa, Massenio
igualmente se alejaría, trémulo sobre el
horizonte.
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El
Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia
pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors
ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan
extrañas como que se jugó sin descanso durante un
día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron
y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia
de todos sus títulos.
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca
una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final
y años más tarde escribió unas memorias fantásticas,
llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora
irremediables por falta de mejores testigos.
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El doctor Francisco Laprida,
asesinado el día 23
de septiembre de 1829 por los montoneros de Aldao,
piensa antes de morir:
Zumban las balas en
la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
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Mi corazón oprimido
siente junto a la alborada
el dolor de sus amores
y el sueño de las distancias.
La luz de la aurora lleva
semillero de nostalgias
y la tristeza sin ojos
de la médula del alma.
La gran tumba de la noche
su negro velo levanta
para ocultar con el día
la inmensa cumbre estrellada.
¡Qué haré yo sobre estos campos
cogiendo nidos y ramas,
rodeado de la aurora
y llena de noche el alma!
¡Qué haré si tienes tus ojos
muertos a las luces claras
y no ha de sentir mi carne
el calor de tus miradas!
¿Por qué te perdí por siempre
en aquella tarde clara?
Hoy mi pecho está reseco
como una estrella apagada. |
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Pasar
el horizonte envejecido
Y mirar en el fondo de los sueños
la estrella que palpita
Eras tan hermosa
que no pudiste hablar
Yo me alejé
Pero llevo en la mano
Aquel cielo nativo
Con un sol gastado
Esta tarde
en un café
he bebido
Un licor tembloroso
Como un pescado rojo
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| Yo
meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta
a
una caliente noche de verano,
el plañir de una copia soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.
... Y era el Amor, como una roja llama...
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DEJAME
SUELTAS LAS MANOS... |
de
Pablo Neruda |
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Déjame
sueltas las manos
y el corazón, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasión —sangre, fuego, besos—
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, tú no sabes lo que es esto!
Es la tempestad de mis sentidos
doblegando la selva sensible de mis nervios.
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Para que los hombres no tengan
vergüenza
de la belleza de las flores,
para que las cosas sean ellas mismas: formas
sensibles
o profundas de la unidad o espejos de nuestro
esfuerzo
por penetrar el mundo,
con el semblante emocionado y pasajero de
nuestros sueños,
o la armonía de nuestra paz en la soledad
de nuestro pensamiento,
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Ésa
es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que
no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje
de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de
fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado
por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje
que sorbieron los ángeles.
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Han
venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencias,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.
Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
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Sin
armas. Ni las dulces sonrisas,
ni las llamas rápidas
de la ira.
Sin armas. Ni las dulces sonrisas,
ni las llamas rápidas
de la ira.
Sin armas.
Ni las aguas de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.
Ceñida en tu silencio.
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Se
me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos... En el viento, al
pasar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la recogerá?
Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará... rodará...
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