Petrolero
salpicado de infinito,
disfrazado de astronauta taciturno,
estremeces las estrellas asombradas
con el trépano de tu agitado turno.
Y tus manos embreadas
acarician
los corales del océano viscoso
y en lo alto de la noche planetaria
resplandece tu petróleo junto al pozo.
El desierto solitario
te apuñala
hasta el fondo de tu alma entumecida,
entre tanto, soldador de caños fríos,
tu electrodo de centellas, cobra vida.
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