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Hundió
las manos en el barro
con ademán seguro
y demorado.
Entre sus palmas
el húmedo contacto con el cieno
fue como una caricia fugaz
que se escurría
en un discreto y voluptuoso juego.
Auscultó con los dedos la dócil argamasa
para extraer un bollo
amorfo y apretado.
(En el cuenco, el hueco socavado
mostraba las improntas de su profanación
sobre el espejo
de barro reposado).
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