Recostó
mansamente su estatura cansada
desplazando su espalda sobre la cal del muro,
hasta que las cuclillas dieron forma a sus
años
y se quedó muy quieto, ramoneando recuerdos.
Lo vio
pasar la vida por la meseta agreste,
detenido en las noches en que el aire no alcanza.
Atesorando calma, palabras y aguaceros
con esa reservada vocación de estar
triste
y el candor de un oficio con silbidos y perros.
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